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sábado, 22 de noviembre de 2008

Juegos de infancia

Era una mañana de invierno, fría y húmeda. O así la recuerdo yo al menos. No tendría más de 6 años. El colegio era una aventura diaria, y el recreo, ese tiempo y espacio en el que reivindicarnos, y conocernos. El mío no era un colegio religioso, pero sí que utilizaba las instalaciones de una orden religiosa, y el rincón más fascinante del patio era un pequeño montículo de rocas presidido por una virgen de cemento. Subíamos ese montículo, lo coronábamos, nos sentíamos los reyes del recreo por un instante, y lo bajábamos por el otro lado. No le hacíamos mucho caso a la figura, no despertaba nuestro interés la única habitante de esa isla en nuestro patio. De vez en cuando algún religioso cruzaba lo que considerábamos nuestros dominios y que realmente eran los suyos, y les mirábamos con cierto recelo, miedo incluso, su oscura presencia interrumpía por unos momentos hasta nuestros partidos más disputados.

El recreo avanzaba inexorable, y en un momento dado, Aitor y yo nos inventamos un juego. Nos escondimos tras el montículo, e intercambiamos toda nuestra ropa, de arriba abajo. Al llegar a clase, no se muy bien cómo la profesora se dio cuenta del cambio, y nos volvió a poner a cada uno nuestra ropa. Pero, ¿y si nos cambiamos algo más que la ropa? ¿Si realmente nos cambiamos hasta las identidades? ¿O si nos cambiamos las identidades y no la ropa? Quizás yo ahora sea Aitor, haya vivido su vida, y él la mía. Hasta ahora.

Recordé esta historia de mi infancia al ver en el festival de cine de San Sebastián El niño con el pijama de rayas. ¿Pero es un recuerdo mío, o de Aitor?

lunes, 27 de octubre de 2008

El misterio de la casa de los murciélagos

El piso de Carlos era normalito. El último de un bloque de apartamentos. No era muy amplio, pero tenía una espaciosa terraza de la que disfrutaba especialmente Raspas, su gato. Raspas se desparramaba al sol, intentaba con escaso éxito cazar alguno de los despistados pájaros que decidían hacer un alto en su vuelo en su coto de caza, y se daba largos paseos por el tejado del edificio, al que tenía acceso desde la propia terraza.
Para que Raspas pudiera seguir disfrutando en cualquier momento del exterior sin que esto obligara a Carlos a tener la puerta de la terraza abierta y padecer así el rigor del invierno, este decidió instalar una gatera con su puertecita batiente que le permitiera entrar y salir libremente aunque la puerta estuviera cerrada. La armonía gato – humano fue perfecta, hasta que un tercero entró en discordia: Una noche, mientras Carlos miraba sin especial interés lo que ofrecía la televisión, un murciélago surgió de la nada, y comenzó desorientado a dar vueltas por el salón, tratando de encontrar la salida. Y os preguntaréis, porqué no salió por donde había entrado, y ahí surge el enigma: Puertas y ventanas estaban herméticamente cerradas. Tras abrir la ventana, el murciélago dio todavía un par de vueltas más hasta que pudo ubicar la escapatoria a golpe de ultrasonidos.
Este episodio habría quedado en una simple anécdota si no fuera porque al día siguiente, se repitió. Y no solo al día siguiente: A partir de ese momento, todos los días, si no era por la noche, a la mañana al levantarse, Carlos encontraba un murciélago en el salón, y es más, a veces lo que encontraba era el cadáver, o su pequeño cuerpo decapitado. Esto último podía tener su explicación en la presencia del gato en el domicilio, que podía haber cazado al murciélago, y haber dado buena cuenta de él.
El desánimo se apoderó de Carlos, incapaz de encontrar un razonamiento lógico que explicara aquellas visitas diarias. Y en esas estaba cuando se enteró de que un experto en murciélagos iba a dar una conferencia en su ciudad. Esperando que este pudiera hacer algo de luz sobre aquel misterio que le tenía desconcertado, decidió asistir a la charla. Tras escuchar atentamente las explicaciones del experto y conocer algo más de esos mamíferos con los que compartimos hábitat, le abordó tras la charla y le contó su caso. El experto, tras conocer el enigma, le dijo que tenía que tener una explicación sencilla, basada en lo escurridizos y pequeños que son los murciélagos, características que les permiten entrar por los agujeros más reducidos, aquellos por los que nunca pensaríamos que podrían acceder, y que en su caso, podría haber sido a través de la caja en la que se suelen recoger las persianas enrollables, que suelen estar encima de la ventana y dentro de la vivienda. Al decirle al experto que aquel no era su caso y que en su salón no había ningún resquicio por el que se pudieran colar, el experto decidió que estaba ante un caso que podía ser digno de ser estudiado sobre el terreno, y se ofreció a visitar el piso para aclarar el entuerto.
El experto se pasó un buen rato estudiando la casa, y tras husmear por todos los rincones y recovecos del salón, tuvo que dar su brazo a torcer y reconocer que no había manera de que un murciélago entrara en el salón con la puerta de la terraza, la ventana, y la puertecita de la gatera que ningún murciélago podría abrir, cerradas.
Tras agradecer su interés al experto, a Carlos no le quedó otra opción que aceptar que la suya también era la casa de los murciélagos, y por supuesto la de Raspas, que le miraba como acostumbran a mirar los gatos, con ojos de estar por encima del bien y del mal. Pero ¿Y si ese animal irracional tuviera la respuesta? Al fin y al cabo el que estaba beneficiándose de la situación era él, cazando y jugando con los murciélagos, por tanto ¿por qué no iba a ser cosa suya? En los siguientes días más que en la rutina de los murciélagos, Carlos se fijo en la de Raspas: Sus paseos a la puesta del sol por el tejado, de los que no sabía muy bien en qué momento de la madrugada volvía, y esas mañanas en las que se lo encontraba en el salón con cara de no haber roto un plato. Carlos empezó a ver claro que Raspas era el culpable de la situación, pero no sabía cómo conseguía amanecer en el salón acompañado de un murciélago. Pero cuando Carlos estaba a punto de lanzar la toalla, la luz se hizo: Entre los hábitos de los murciélagos que describió el experto en su charla, recordó que comentó que era habitual que eligieran huecos en los tejados de las casas como madriguera, y que tras pasar todo el día en ellos, salieran a alimentarse cuando se ponía el sol, justo cuando Raspas se iba de paseo precisamente al tejado: Por lo tanto, ¿y si Raspas había descubierto una madriguera de murciélagos, sabía cuando salían, y lo que hacía era esperar hasta que atrapaba a alguno de ellos, pero en vez de matarlo al instante lo llevaba en su boca hasta introducirlo en el salón por la gatera, y así poder hacer uso de él como estimara oportuno sin riesgo de que se escapara? Esa hipótesis era realmente retorcida, pero propia de la mentalidad felina. Carlos no tenía pruebas de que esto fuera así, pero a partir de ese momento, y probablemente porque Raspas se dio cuenta de que habían descubierto su macabro juego, y así ya no tenía gracia, ningún murciélago más volvió a aparecer en el salón de Carlos.

martes, 21 de octubre de 2008

Malas compañías

Había sido el mejor de su promoción en Cambridge. Incluso formó parte de la tripulación que batió por 3 años consecutivos a Oxford en la legendaria regata. Al doctorarse, las consultorías bursátiles más prestigiosas y los bancos más poderosos se lo rifaban. Tras estudiar todas las ofertas, se decidió por un banco en el que ponían a su servicio un mercedes con chófer, cada 2 fines de semana el director general le dejaba las llaves de su mansión en la costa azul, a la que podía desplazarse en el jet privado de la empresa, y podía elegir su propia secretaria, bajo el criterio que él mismo estimara oportuno: Basándose en su eficiencia, o en su presencia.
Tampoco le faltaron ofertas matrimoniales: Todas las herederas en edad de merecer de las fortunas más indecentes se arrimaban a él en las fiestas que organizaban sus progenitores para buscarles un marido digno de su posición, y cuando se decidió por la que parecía la mejor opción, la hija de un promotor inmobiliario que había amasado una inmensa fortuna a base de sobornar a concejales sin escrúpulos de localidades costeras del mediterráneo, más que pedirle la mano podríamos decir que le lanzó una opa hostil a su padre, que vistas los posibilidades de diversificación del negocio y de blanqueo de dinero que le ofrecía su futuro yerno/socio, aceptó encantado. La chica bastante tenía con fundir mensualmente los fondos de la visa diamante que diligentemente alimentaba su padre.
Pero cuando todo parecía ir sobre ruedas, cuando la vida que había imaginado para él el protagonista de esta historia era una exitosa realidad, de la noche a la mañana, todo cambió. Los bancos, que habían especulado hasta lo insostenible con un dinero que no tenían, quebraron. Aquellos que tenían sus escasos ahorros en esos bancos, se asustaron. Las empresas se quedaron sin liquidez para afrontar sus pagos, y muchas tuvieron que cerrar. Y la bolsa entró en barrena.
La gente de la calle no entendía cómo se podía haber llegado a esa situación, cómo en la supuesta bonanza económica en la que vivían todo se podía ir al traste por la desmedida avaricia de los que más tenían. Aquellos que habían sido admirados y respetados, ahora estaban en el disparadero. La gente señalaba por la calle a los trajeados, que evitaban por todos los medios atravesar los suburbios, en los que cualquier coche de alta gama era objetivo de la ira y la frustración de aquellos que habían perdido lo poco que tenían. Los economistas habían pasado al escalafón más bajo de la sociedad, por debajo incluso de los árbitros, los meteorólogos, los promotores inmobiliarios, los prestamistas y los sepultureros.

viernes, 3 de octubre de 2008

El cielo bajo tierra

Se encontraban todas las tardes, bajo tierra, como dos topos ciegos de amor. En la superficie aparentemente su relación era otra, compañeros, pero tras bajar las escaleras, se convertían en cómplices, y el deseo retumbaba por todo el bar, un deseo contenido pero incontenible, que se filtraba en un discreto roce de manos, una mirada furtiva, un beso breve pero insondable.
A simple vista no hacían nada diferente a los demás clientes, apuraban sus zeros como si fueran infinitos, lanzaban unos dardos que siempre daban en la diana de su amor, reían y hablaban hasta que llegaba el momento de volver a la superficie, a la realidad, a ese día a día en el que tenían que ser otros. Pero las tardes eran suyas, y de tarde en tarde, soñaban despiertos con que la caída del sol no apagara ese momento.
La camarera siempre les sonreía y les atendía muy amablemente, consciente de que emanaban un amor tan intenso, que inundaba ese bar subterráneo, que podría ser un refugio antiaéreo, un refugio antirealidad. Lo que ella no sabía es que era una de las pocas personas que compartía ese momento, no era consciente de que ese lugar que para ella suponía trabajo, para ellos representaba la libertad: Para ellos la claustrofobia estaba en la calle.
Cuando llegaba el fatídico instante de subir a la superficie y ver cómo el sol se llevaba esa tarde que solo era suya, lo hacían muy despacito, eran dos pequeños tramos de escalera lo que separaba el amor desbocado de la realidad amordazada, que no tenía nada de amor a pesar del adjetivo, que viene de morder, como les mordía esa realidad, les arrancaba el uno al otro a bocados. Se tomaban su tiempo para emerger, muy despacito, escalón a escalón, de manera cansina, derrotados, pero antes de llegar al final protagonizaban una pequeña rebelión, se abrazaban y besaban como si fuera la última vez, pero es que ¿quién te puede asegurar que cuando estás besando y abrazando a la persona que amas y que te ama no sea la última vez?

martes, 4 de marzo de 2008

Apagado o fuera de cobertura

Empezaron regalándolos. Bueno, es un decir, ya que con lo que te cobraban por las llamadas ya habían amortizado su inversión. Más adelante, para fidelizar a su clan, te ofrecían llamadas gratis, para siempre, con el cliente del mismo clan que quisieras. Para siempre. Eso ya no lo podía ofrecer ni la iglesia. Por supuesto también resultaba más barato el comunicarse entre miembros del mismo clan. La guerra de precios y ofertas acabó por desquiciarlo todo. Cada clan decidió utilizar en su indumentaria el color corporativo de su compañía para identificarse, pero cuando comenzaron las agresiones, se optó por tatuarse en un lugar discreto el logotipo de la compañía a la que pertenecías. Sí, pertenecer. Se extendieron los ataques a las antenas de la competencia, se quemaban sus tiendas. Aquello se convirtió en una guerra abierta no declarada. Los tonos de llamada también servían para distinguir al amigo del enemigo. Llamar a alguien de nuestro clan y que saltara el buzón de voz nos ponía en lo peor, ni qué decir si daba apagado o fuera de cobertura.
Pero tras años de caos, violencia, y paradójicamente, incomunicación, llegó un momento en el que la continuidad no ya de los clanes, sino de la propia especie peligraba. Estábamos sumidos en un periodo oscurantista, una involución que nos había retrotraído prácticamente hasta el medievo. Ante semejante perspectiva, los ancianos de los clanes pactaron una tregua, que tras muchas reuniones, tiras y aflojas, por fin acarreó la pacificación definitiva. Se acordó entregar todos los teléfonos móviles, que ya ni siquiera funcionaban porque no quedaban antenas que transmitieran su señal, se habían convertido en simples amuletos tribales, y con ellos se hizo una gran pira que los consumió, acabando así con esa pesadilla que casi extinguió a la humanidad. Junto a esa hoguera, como hiciera el hombre de las cavernas, volvimos a comunicarnos, volvimos a mirarnos a los ojos.

martes, 26 de febrero de 2008

NS / NC, ¿NV?

Buenos días. Me llamo Quizás Posible, y soy el candidato a la presidencia del PTVPS, el Partido del tal vez podría ser. Supongo que muchos me echaron en falta en el debate de ayer, y es que creo que represento casi a más votantes (o no) que los dos contendientes presentes en el citado evento televisivo. Mis propuestas son un tanto difusas, o no, según se mire, pero no creo que las suyas sean más claras. Yo no defraudo a nadie, al fin y al cabo nuestra amplia presencia en sondeos y encuestas no se ve representada tras las elecciones en el congreso y el senado.
El que no vayáis a votar (o sí) no quiere decir que no debáis conocer nuestro eslogan: “Si no sabes y no contestas, ¿no votas?” En nuestros mítines repartimos margaritas, y empezamos con el apartado de ruegos y preguntas antes de pronunciar el pertinente (o no) discurso.
Tras las elecciones, no somos como el resto de partidos, que nunca reconocen una derrota: Mientras en sus sedes se dedican a descorchar botellas de cava (¿o son de champán?), en la nuestra, nos abrazamos desconsolados ante nuestro fracaso, y es que nuestro protagonismo, los cantos de sirena que nos lanzan en campaña desde todos los partidos, se esfuman como las promesas electorales, y tras conseguir arrebatarnos parte de nuestro electorado, nadie se acuerda de nosotros.
No sabemos. No contestamos. No importamos. Ni exportamos.

viernes, 25 de enero de 2008

El vecino

Compartimos portal, ascensor, piso. Llevo muchos años viéndole, ni siquiera recuerdo desde cuando. No me inspira confianza. Nunca me habla, y siempre tengo la impresión de que espera a que salga de mi casa para salir él también. Incluso juraría que imita mi estilo al vestir. Estoy convencido de que revisa mi buzón; Controla mi correspondencia, mis horarios, las visitas de mis pocos amigos, incluso mi basura. De todas formas, pienso que la desconfianza es generalizada entre los vecinos, de hecho, cuando coincidimos los dos en el portal o en el ascensor con alguno de ellos, a él nunca le saludan, aunque bien es cierto que a mi lo hacen de una manera esquiva. Cuando veo su mirada reflejada en el espejo del ascensor, un escalofrío recorre mi espalda: Esos ojos se parecen a los míos, pero no soy yo. La nariz, los pómulos, el mentón, las entradas, idénticas gafas y constitución… No puedo seguir mirando, cuándo llegaremos al quinto… Cierro la puerta tras de mi. Está fuera, o ¿está dentro?


Pequeña historia de dobles identidades. Sin ser lo mismo, recomiendo el visionado de la ópera prima del cineasta Guillem Morales, El habitante incierto (2005): Llaman a la puerta, un desconocido dice tener un problema con el coche y pide usar tú teléfono. Te alejas un momento y, cuando vuelves, el desconocido no está. ¿Se ha ido o se ha escondido en tu casa?

¿Se esconde alguien más dentro de nuestra mente? Eso es lo que esconde el microrelato, y es que, en definitiva, nuestra mente es nuestra casa en su mínima expresión, ¿no?

viernes, 21 de diciembre de 2007

Cae la barrera



Inspirado muy libremente en la película El último (1924), de F.W. Murnau, y en la actualidad.



Me llamo Zbigniew. Soy Polaco. Y agente de aduanas, como lo fueron mi abuelo y mi padre. Toda una tradición familiar. Llevo más de 30 años en mi puesto. En todos estos años, ha habido muchos episodios oscuros que prefiero no rememorar, la guerra fría no tenía precisamente nada de fría en primera línea, las órdenes eran tirar a matar, y yo tirar tiraba, pero ¡por favor! No a matar. Cumplía órdenes, qué otra cosa podía hacer.

Tras la caída del régimen comunista, y gracias a mis antecedentes familiares, conservé mi puesto. El arma reglamentaria a partir de ese momento descansó sin sobresaltos en su funda, y la única emoción del cargo era el decomiso de alguna partida de vodka de contrabando, de las que procurábamos "extraviar" algunas botellas. Cuando esto ocurría, las frías y rutinarias noches de invierno se convertían en improvisadas fiestas en las que corría el vodka (el de la marca Medvedev era nuestro favorito), e invitábamos a alguna de las prostitutas que ejercía en el lado alemán de la frontera a que fuera la reina de nuestra celebración: Ella no necesitaba enseñar el pasaporte para cruzar la frontera.
Desde hoy, mi vida carece de sentido. Ha caído la última barrera, aunque en los mapamundis los países seguirán representados por diferentes colores; Alemania amarillo, Holanda verde, Bélgica marrón, Francia rojo... ¿Los niños pensarán que toda Francia es roja? Los ríos color sangre, los campos bermellón, y las gentes rojas, no sé si de ira... Las fronteras perfiladas con líneas rojas, pero nadie a partir de ahora para comprobar quien las atraviesa.
Cuelgo para siempre en la taquilla mi uniforme con su brillante abotonadura, y cruzo esa frontera que durante tantos años he vigilado. Parto hacia España, me han dicho que allá hay trabajo en la vendimia. Pero ya no podré lucir orgulloso mi flamante uniforme. Nunca más.